sábado, 31 de marzo de 2012

El Símbolo de Awen





Hace miles de años los cinco reyes de Irlanda se reunieron en secreto concilio para ceder la soberanía absoluta a un solo monarca. De entre todos ellos el elegido fue el más justo y el más venerable y sobre su cabeza fue colocada la Piedra del Destino. Su persona comandaría todos los movimientos importantes del imperio, manejaría el mayor poderío y su razón, por errada que fuera prevalecería por encima de cualquier otro entendimiento humano. Es curioso ver como rápidamente la equidad y la virtud son y serán puestas a prueba por deseos tan abrazador que someten a la más penosa sumisión a cualquiera que por ellos fuera invadido.
 La misteriosa mujer llegó una tarde de lluvia, casi al caer la noche. De entre sus alforjas asomaba tímidamente un báculo en cuyo extremo se hallaba engarzada en un azulado metal una preciosa piedra cuya aleación de minerales le daban un color que nadie que existe ni existió podría decir cual era. Vestía una larga túnica de anchas mangas que le cubría hasta sus pies, y los ribetes de su precioso atuendo parecían finos hilados de oro, por encima de sus hombros llevaba una hermosa seda color violeta, y para soporte del frío una gruesa capa que colgaba hasta sus pantorrillas se enroscaba en su cuello. De manos finas y dedos largos que cubiertos por anillos eran incongruentes con la imagen que se esperaría de tan temeraria viajera. Su rostro de piel tersa y mejillas llenas, apenas ruborizadas, exhalaba tranquilidad y a los lados de su capucha podían entreverse algunos mechones de un pelo grisáceo y liso, que acompañaba el manto de nubes que cubría el cielo. 
Solo una vez menciono su nombre, en alguna ocasión hizo alusión a la Montaña de Mourne, hacía el norte, sus antepasados según conto, eran llamados Éire por las tribus circundantes,  venía según decía de “la tierra del invierno”. Eran tiempos en que magos, hechiceras y místicos recorrían los caminos, pero ella siempre se mantuvo al margen y no daba evidencia que diese lugar a la sospecha. Guardaba celosamente un símbolo celestial que se decía poseía la misma fuerza del universo y cuya creación era atribuida a los propios dioses quienes lo entregaron a los hombres para la protección de las generaciones futuras. De entre todos ellos el sabio druida Ajkhna fue el seleccionado para dicha custodia y de sus manos pasó generación tras generación, trece fueron quienes lo poseyeron hasta que llegó a Leeto.
El símbolo divino que colgaba de su cuello bajaba en forma suave sobre su pecho emanando un resplandor que ni la vista más desprevenida podría haberlo ignorado. El rey, conmovido por la fugaz mirada que le había dado al objeto pidió a la viajera que le dejara observar en forma más detenida aquella pieza. Sus manos temblaban, su respiración agitada y el sudor que cubría su frente, su boca meciéndose, tan descontrolada como un barco en medio de una tormenta de alta mar, la aprensiva codicia que sentía subir desde sus pies se estaba apoderando de su razón. Sus oídos, casi sordos, apenas llegaban a percibir algún sonido hundidos perdidamente en una profunda sensación de vacío, todo su cuerpo se hallaba en un trance que lo desconectaba de su mente hasta que se abalanzo en forma violenta en busca del colgante que ella tomo con su mano derecha y sin quitar la mirada de los ojos del monarca lo guardo entre sus ropas, ni por un segundo pestaño y dijo:               
-Magnifico rey, conozco tu corazón. Sé que eres noble monarca y que provienes de un distinguido linaje, paseando por las veredas de tus dominios pude ver la justicia de tus actos en los ojos de quienes te sirven, observe que desde el sur hasta el norte, desde donde nace la lumbrera del día hasta donde se oculta no hay quien tenga menos de lo que merece y aún más, pero también sé que habrá sangre en tus manos y que tú, de inocencia, ya no estarás libre.
El rey miro a la blanca mujer y de sus pupilas desapareció esa pequeña luz que da vida al espíritu del hombre para ocultarse en el fondo de sus ojos. Esa noche fue imposible para Rohandrim - rey de Irlanda – conciliar el sueño, el pérfido símbolo había quedado grabado a fuego en su mente, paso toda la noche en vela deliberando consigo mismo sobre como se haría con él. Por su cabeza corrieron en furioso vuelo todo tipo de cavilaciones, pensó en ofrecer todo cuanto pudiese ser ofrecido con tal de ser su poseedor, pensó en robarlo, pensó en tomarlo por la fuerza, pensó en matar… al cantar del gallo estaba decidido, la salida del sol anunciaba una roja mañana, sin perder más tiempo se dirigió apresuradamente hacia la habitación en que se hallaba la viajera, pero no pudo hallarla allí. Se había ido. 
        Su mirada ya perdida por el suplicio se ennegreció, su rostro perdió el color, se veía apagado, los delirios comenzaron un par de días después, ningún ser humano debe sufrir lo que este sufrió, para él, los materiales con que se fabrico el pernicioso símbolo fueron tomados de la misma cantera del infierno y forjado con el propio fuego del tártaro, y de ser necesario descendería hasta los mismos abismos para quitárselo de las manos al propio Lucifer.
La búsqueda fue desesperada, recorrió grutas, cuevas, cerros, montañas, su techo fue el propio cielo con cada una de sus estrellas, su rostro había perdido el semblante que solía tener, su cuerpo ahora decrepito cargaba sobre sus hombros la pena de los condenados. Enajenado de todo aquello que una vez fue suyo vago días y noches enteras hasta que al fin un día recorriendo los bosques de Irlanda miro su reflejo en un río y allí estaba, su tesoro, su maravilloso símbolo, aquel que había sido forjado por los dioses para protección de los hombres, estaba por fin al alcance de su mano. Lo tomo de entre unas piedras que eran bañadas por la fría agua del rio, al verlo de cerca ya no tuvo dudas, era él, su búsqueda había finalizado, sintió alivio en su pecho, por fin podría descansar y sus ojos… sus ojos volvieron a brillar justo antes de morir abrazando una falsa ilusión.            

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